10-06-2011

La Noche Maldita


Viene a mi memoria aquella historia tenebrosa de un gran amigo. Recuerdo que me la contó cuando, acompañados de una cerveza, recordábamos los peores momentos de nuestras vidas. Ñoqui, como le decían por su aspecto de papa y su tamaño pequeño, traía a la mesa la historia más demoniaca que había escuchado jamás.

Es extraño como el demonio se apodera de la gente. Muchos reconocen su existencia, porque lo han visto, escuchado o han tenido algún tipo de percepción de su maldad. Yo no creía en el demonio, más su historia me hizo dudar...

Ñoqui trabajó por bastante tiempo en el norte, frecuentaba las minas por su trabajo. Es costumbre, que en esos solitarios e inhóspitos parajes, las fuerzas malignas tomen cierto protagonismo. Mi amigo recorría todos los días la misma ruta al hotel, donde descanzaba del agotador trabajo de la mina. Una noche, como cualquier otra, quizás con un poco más de niebla, Ñoquí tomó el auto rumbo al hotel; de pronto, el auto comenzó a disminuir la velocidad, sin ninguna explicación, hasta detenerse. Indignado, cansado y deseoso de una cerveza, Ñoqui entró en un furioso arranque de locura y comenzó a patear el auto. No entendía que había ocurrido, probablemente había alguna falla en el motor por los cambios de temperatura. En medio de la nada, un pequeño malestar comenzó a agobiar su cabeza, no le dió mayor importancia y luego de algunos intentos, el auto encendió y continuó su camino. El dolor de cabeza iba aumentando a medida que avanzaba en la ruta, no tardó más de quince minutos y por fin llegó al hotel, pidió las llaves de su habitación y decidió acostarse. El dolor se intensificaba y se expandía a otras zonas de su cuerpo. Ñoqui siempre fue un hombre sano, abatido se convencía de una enfermedad enigmática que iba apoderándose de él. Pasaron dos horas, la insoportable jaqueca, acompañada de abrumadores dolores de huesos y sudor, tenían a Ñoqui consternado. De pronto, la luz de la habitación comenzó a parpadear y empezó a sentir un calor terrible en sus genitales. La confusión era tal, que Ñoqui miraba cada esquina de la habitación para encontrar una señal, algún indicio de lo que pasaba. Frente a sus ojos, un hombre apareció, no podía divisar su cara en la penumbra de la habitación, pero su impetuosidad aterró al pobre Ñoqui, que tendido en la cama no paraba de sudar.

-¿Qué buscas?, preguntó Ñoqui.
-Algo que sólo tu puedes entregarme pequeño, le respondió el hombre.
-¿Quién eres?
-Mefistófeles, ¿no te han hablado de mi tus compañeros? Algunos me conocen.
-¡Maldito! ¿Dime qué buscas en mi?
-¿Te han hablado de mi?
-Si, en par de ocasiones.

En su carente conciencia, Ñoqui asociaba la imagen de este espectro, a su debilidad, a una alucinación.

-¿Dime qué buscas?, por favor. Insistía Ñoqui.
-Busco algo que sólo tu puedes entregarme, repitió el hombre.
-¡Maldita sea! ¡Dime que quieres!

Los testículos de Ñoqui comenzaron a aumentar de tamaño súbitamente.

-¡¿Qué haces maldito?! ¡Déjame en paz!
-¿No querías saber que buscaba?, pequeño curioso. Comentó el hombre con cierto sarcasmo.
-¡Basta!, ¡por favor!

Con una risa sutil, Mefistófeles observaba como los testículos de Ñoqui alcanzaban un tamaño sobrenatural.

-¡Basta! Mierda! ¡Te lo imploro!, ¡basta! Gritaba Ñoqui, mientras el dolor se volvía insostenible.
Sus testículos habían alcanzado un tamaño que excedía los límites de la naturaleza.
-Quiero tu semen. Murmuró Mefistófeles, mientras se paseaba lentamente por la habitación, con aspecto de curiosidad.
-¡¿Qué mierda quieres?! Con dolor, gritó Ñoqui, intentando enfrentar los ojos del maligno.
-Que redundante eres pequeño. Quiero tu semen. Repitió Mefistófeles.
-¡¿Por qué el mio y no el de otro?! Preguntaba Ñoqui, mientras apretaba las sábanas a causa del dolor.
-Por tu tamaño. Eres pequeño, el semen de las personas de tu tamaño es de mejor calidad. Mides exactamente 1.51, la altura que llevo buscando durante mucho tiempo en este lugar. Por tradición, la familia maligna, heredera del infierno, ha perpetuado la especie gracias a pequeños hombres -como tú- que llegan a este lugar cada cientos de años. Se cumple -nuevamente- la profesía: luna llena, el metro cincuenta y uno, y tu alma oscura. ¿Estás conforme ahora? ¿Qué ya sabes la verdad? No acostumbro a confiar en pequeños, pero me has inspirado confianza. Tenemos algo en común, aunque lo ocultes.
-No puedes castigarme así. Te imploro que tomes a otro en mi lugar y te entregaré mi alma.
-Tu alma no me sirve, ya estás contaminado por las maldades de este aburrido mundo. Necesito tu semen.
-¡Ten piedad por favor! ¡Ten piedad! Dijo Ñoqui al impetuoso Mefistófeles.
-¡Basta de rogar! Respondió indignado Mefistófeles.
-No te estoy pidiendo un favor. ¡Esto es una orden! ¡Eres el elegido y me entregarás tu semen ahora!

La habitación se llenó de humo, dos enredaderas inmovilizaron a Ñoqui, mientras Mefistófeles introducía en su boca algodón untado en azufre. Ñoqui, en un inutil intento, trataba de escapar de las garras del maligno, pero no existía forma alguna. Un intenso viento frio abrió las ventanas de la habitación y en la oscuridad, Mefistófeles comenzó a reir a carcajadas. Entretanto, cada testículo de Ñoqui comenzaba a hincharse sobrehumanamente, hasta expeler una pequeña gota de semen que daba a la vasija demoniaca de color negro. Gota a gota, el semen de Ñoqui fue entregado involuntariamente al demonio. Con resignación y lágrimas, Ñoqui aceptaba su esterilidad de por vida. Una vez recolectada toda la suma necesaria para la procreación maligna, Mefistófeles liberó de los dolores al pequeño Ñoqui, quien en un incesante suspiro, vió disiparse la imagen oscura de aquel hombre. La luz de la habitación se intensificaba, Mefistófeles ya no estaba, el humo y el viento se habían desvanecido en la noche, para no dejar rastro del terrible episodio que Ñoqui no olvidaría jamás.

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